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Espiritualidad

PLEGARIA INCOMPLETA

DIOS EN INTERNET

Domingo 1 de marzo de 2009

 

PLEGARIA INCOMPLETA

Dice San Marcos en el relato del evangelio (la “buena noticia”) que escribe sobre Jesús, que «el Espíritu empujó a Jesús al desierto». (Mc 1, 12) ¿Quizá Jesús no quería, y tuvo que ser empujado por el Espíritu? ¿O es que sintió la inspiración del Espíritu y esto le bastó: fue como un empujón que lo llevó a hacer la voluntad de Dios? Lo cierto es que, una vez en el desierto y despojado de toda atadura externa, sin los hilos de guiñol de la sociedad, que tanto mueve al hombre, se encontró con Dios. En este relato de San Marcos, aunque se dice que fue “tentado”, no hay elemento dramáticos, pues no se describe la tentación. No hay ayunos, ni piedras que convertir en pan, ni lucha entre tener que adorar a Dios o al Diablo, ni el tener que optar entre el deslumbramiento de la fama o la oscuridad de la vida sencilla, sin aspavientos. Eso sí, vivía entre alimañas; es decir, no había hostilidad entre él y la creación (era como recobrar el Paraíso) y sentía la protección de Dios: «los ángeles le servían», y desde el primero de los cuarenta días. Y oraba: se hallaba revestido de la presencia de Dios.

Oraba; o lo que es lo mismo: hablaba a Dios y dejaba silencios para que Dios le hablara. Dios también habla; la oración es un decir y un oír. Tú dices y Dios oye; y viceversa, porque Dios es alguien con oído y voz, alguien al otro lado de la oración, que vive. La oración es un diálogo, y no entre sordos. «Dios, como diría Kierkegaard, no es alguien de quien se habla, sino alguien a quien se habla». Esencialmente “alguien”, diría yo.

En cuaresma, el cristiano suele rezar; solemos rezar, pero con demasiadas palabras y pocos silencios, quizá. No se deja a Dios meter baza. La oración se convierte en un chorro de palabras, hasta bellas, que no dejan resquicio para la respuesta de Dios. No hay posibilidad para el diálogo, y así se desvanece el gozo por la compañía de alguien que habla y espera que le hablen.

A esta clase de oración la llamaría yo plegaria incompleta, rezo podado. Como  si se le diera por muerto a Dios, inconscientemente, pero muerto. Estamos acostumbrados a las estatuas y a las imágenes (que también), y nos cuesta hacernos a la idea de que Dios vive y de que nos habita vivo. Si como dice San Pablo yo soy templo, Dios me habita. Y habitar es vivir, morar en algo o en alguien. El motivo de que la oración sea a veces helor y no fuego, desesperación y no anhelo, rutina y no vuelo, es que nos empeñamos a hablarle a nadie; y Dios es alguien. Sin alguien al otro lado de las palabras, el discurso se quema en salvas, y se hace una especie de locura de hablar solo. En la oración la pausa, el callar, el silencio son los vehículos para la contestación de Dios, sus canales de internet; entonces se siente a Dios latir, quizá pensarse la respuesta, no porque dude, sino para dejarte a ti adivinarla; es decir, dándote el protagonismo del hijo que es amado, y tenido en cuenta.

Jesús, en el desierto, oró, y en la noche del huerto de los olivos, y en la cruz, oraba para poner al Padre al corriente de sus quejas, de sus angustias, de sus afanes; pero luego callaba y esperaba respuestas. «Padre mío, si es posible que pase de mí esta copa» (Mt 26, 39), y esperó. La respuesta fue que se dejara llevar a la cruz para poder vivir la resurrección, gloria para él y triunfo para toda la humanidad.

Me gustaría rezar así: como lo he descrito, me digo a mí mismo; es tan hermoso tener alguien con quien hablar… (12:28:13).

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