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Espiritualidad

LA TRANSFIGURACIÓN

DIOS EN INTERNET

Domingo 8 de marzo de 2009

 

LA TRANSFIGURACIÓN

El domingo pasado decía la Escritura que Jesús fue empujado al desierto, para ser tentado; y lo fue: tentado sobre el amor, y salió vencedor. Hoy es Jesús el que empuja hasta el monte Tabor a tres de sus discípulos, para que vean su gloria, y la ven: se transfigura. Luego habían de ver, y sentir en sus carnes, escandalizados, la crucifixión. Por esta razón que vean antes la gloria de Dios.

Cristo se transfigura para hacer viable y visible, en los suyos, la cruz; y hasta en él, que, como hombre, rogaría: «Padre, si quieres, aparta de mí esta cáliz» (Lc 22, 42); tan terrible era este cáliz como metáfora de sufrimiento, de «borrachera de amargura», de soledad pasmada (Ez 23, 33). Cristo, que beberá este cáliz hasta el poso más oscuro (el que se logra rebañándolo con el dedo), quiere hacer digerible el mismo cáliz a sus discípulos, para el que aún no están preparados, y se transfigura: hace exposición de su divinidad a través del disimulador de Dios que es su cuerpo, trasparentándose Dios más allá de la carne y los vestidos. ¡Luz!

La divinidad de Jesús se manifiesta luz y blancor; o así la ven Pedro, Santiago y Juan, que contarían luego a Marcos su experiencia. ¡Luz, esplendor, irradiación! Hay, pues, deslumbramiento, del que hace que nos tapemos los ojos. Sin ostentación, Jesús deja escapar su gloria por unos instantes y llena de compresión y esperanza los ojos y el corazón de los suyos. Lo verán luego Dios crucificado: escándolo y blasfemia para los judíos y necedad para los griegos.

Mirarán horrorizados la cruz; pero la amarán después de la resurrección. Comprenderán entonces que sin cruz, sin pasión, sin burlas, sin atropellos de la justicia, sin la muerte de niños inocentes, sin purificación, no hay resurrección que libere y ponga las cosas en el sitio donde Dios desea que estén.

Y no hay posibilidad de hacer tres chozas, una para el Señor, otra para Moisés, y otra para Elías; porque la vida no está en el Tabor, sino en el Getsemaní y en el Calvario, y al otro lado del Sepulcro. Cristo no ha venido para inmovilizarnos en la complacencia del día a día tranquilo, el día a día del mantel y la mesa: la eucaristía, sino para ponernos en marcha hasta que suceda la victoria del Señor sobre los poderes injustos y violentos de este mundo (12:00:21).

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