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APÓCRIFO I

CAÍDA EN LA OSCURIDAD

 

He de decir que todo empezó cuando aquella noche se me esfumó el sueño y no podía dormir, ni pegar ojo. Boca arriba, tenía los ojos abiertos, pero perdidos en la oscuridad. El viento, por su parte, no dejaba de sacudirle a los árboles y uno de éstos, con sus largas y poderosas ramas, golpeaba sin cesar en la ventana de mi habitación, haciéndola sonar lúgubremente. Cerré los ojos, creyendo que, si hacía una cosa así (cerrar los ojos), se me desvanecería el miedo; así de fácil. Pero, no; el miedo estaba allí, y era la lluvia llevada en rachas por el viento unas veces, o los pesados truenos, otras, los que me desvelaban y sumían en pesadillas terribles, que me encogían el corazón y me angustiaban hasta extremos indecibles.

Y esto, no obstante dormir madre dos habitaciones más allá. Pero ella, aun presente, parecía no estar, tan escurridiza y tenue era. Aparecía por las mañanas y decía: "Las siete, hijo", y, acomodándose el velo deslucido, oscura y vencida por tantos años y sufrimientos, se volvía hasta el hueco de la puerta, me echaba una última mirada y salía, con la parsimonia de quien revuelve sueños en su mente, sueños o dudas quizá, oyéndosela ir luego por los pasillos sonoros. Al poco volvía con el desayuno en la bandeja, en ella el café humeante con su fuerte olor volátil y las apetitosas piezas de repostería, y allí esperaba, ante mí, con los ojos vueltos hacia su interior, mirando pero sin ver. Yo la observaba y era como si viera una transparencia, algo inconsistente y quebradizo. Era una penumbra que estaba sin estar.

Ambos vivíamos solos en aquel enorme y cuarteado caserón, en el que a veces parecía tomar también vida algo normalmente diluido e invisible, bella durmiente en cuadros y consolas, en repisas y abatidas cortinas, el polvo, que, saliendo de su letargo, movido por la luz que agresivamente entraba por cualquier rendija de los viejos balcones, saltaba al fanal y hacía constelaciones de vida por allí rodando en suspensión iluminada. Madre y yo vivíamos solos pero felices, hasta que ocurrió lo que ocurrió que es como un sueño.

Se agitaba todo por la tormenta, que roncaba por doquier como un animal grande, y yo, cada vez, me arrugaba más, temblando, entre las sábanas. Que no es decir que me esfumara (que bien que lo hubiera querido yo), sino que me liaba todo con la sábana, brazos y cabeza y, así ovillado, me parecía estar seguro, con una seguridad no cabe duda que sospechosa, pero seguro.

Aunque bien sé yo que aquello era como una contracción crónica, como un volver al principio, pues el miedo y sus azules oleadas interiores de sombras me venían desde que andaba por aquellas regiones acristaladas y tornasoladas del vientre de mi madre. Allí ya se me puso el miedo tras los ojos, y aún lo llevo dentro, en el cerebro y en los huesos, haciéndome de vez en vez sus guiños y ruidos íntimos. En realidad, me invadió el miedo de madre y se instaló en mis venas como sangre. Tenía miedo de todo, como si fueran esencialmente pusilánimes y timoratas mis células, como si fuera el miedo su contextura: me atemorizaba hablar, y reír, y llorar, pues se le sacaba falta a todo lo mío, y me daban miedo el día y los largos senderos del bosque, con los estertores de vuelos rápidos de aves asustadas, y las noches, en las que los ojos de los búhos parecían caerse de indiferencia y no estar al acecho más perspicaz como estaban. No era, por tanto, cuestión de decir si aquella noche tenía más miedo que otras, sino que debido a la tormenta disponía yo de una excusa excelente para embriagarme de miedos. Y así fue.

No hacía nada que madre había entornado la puerta de la habitación, ya que, según parece (así debió de ser), había sufrido yo, como era frecuente, algún estertor o ansiedad que ella, que lo oía todo, había ido a comprobar. Cuando vio que no me ocurría nada importante, salió de la habitación, no sin antes colocar el oído indagador cerca de mi respiración. Yo la presentía entre el celaje del sueño. Estoy seguro que ella no advirtió nada especial en el discurrir de mi sueño, porque la pesadilla, o el miedo que fuera, estaba dentro de mí, en los pasadizos umbrosos o torrenciales de mi cerebro. Como un trueno escapado de la tormenta, así me daba la pesadilla y sus visajes en las estancias de la sien, para más tarde estallar en el envés de los ojos e ir precipitándose por todo el abismo de la cabeza, como si de restos blancos de estatuillas marmóreas de Venus se tratara. Restos blancos y de Venus, porque todo eran transparencias e insinuaciones duras y finas de un cuerpo femenino clásico, un cuerpo muy hermoso. Estos pasmos y sobresaltos, me hacían dar brincos sobre la cama, que me forzaban a su vez a gemir.

La pesadilla, entretanto, estaba allí y la vivía yo con tanta intensidad que a veces era como si tomara forma fuera de mí, o tomando forma fuera de mí. Y así era: de pronto, ella, la pesadilla, la cosa, la tiniebla o lo que fuera, apareció junto a la ventana, diáfana esta vez, dejando pasar, y difundiéndola sin ser transparente, una luz verdosa y agitada por miles de partículas espectrales. Era una verdadera aparición, pues no tenía vestidos y parecía tenerlos, era luz y no lo era, era fuego azul que ardía sin llamas en el lugar de los ojos y con llamas en el de la boca; era y no era un cuerpo de extraordinaria belleza y humo, que se extendía, ondulante, tornasolada y envolventemente; pero siempre estando en el ser y en el no ser, en la realidad fugaz y en la apariencia mística. Insisto: tomó forma fuera de mí, aunque yo tenía por cierto que era algo que se extendía desde mi miedo (¿es el corazón el que alberga la fría inseguridad del miedo?) hasta el acuario de mis ojos donde la somnolencia ejercía de velo para una visión diáfana. No era firme su figura, sino como una irisación que anduviera siempre formándose y desvaneciéndose, inconsistente y, sin embargo, cierta. Apareció con perspectiva, pues la vi acercáseme desde un lejano punto, es decir, la vi remota y cabiendo en el ínfimo espacio de un punto en el allá instalado, y luego, viniendo hacia mí como una mano cerrada que de pronto se abre; la vi, por tanto, primero puntito único y distinto, siempre impoluto, tímido y mirón que queda al fondo de la perspectiva y del que parten luego las mil líneas que te causan o el asombro o el sobresalto, pasando incluso de ti, incluyéndote más tarde en la misma perspectiva, si no te mueves con su huida.

Es decir, vi la perspectiva en toda su realidad mágica, yéndose y viniendo, atrapada la pesadilla en su hondura y en su proximidad, en su más allá y en su acá. A ella (así la llamaré desde ahora a la pesadilla) la vi descalza, su pie rosado apuntando hacia abajo, como el pie de un arcángel en vuelo, la vi descalza y avanzando hacia mí, no exactamente flotando en el aire con la ingravidez de un cuerpo atrapado en la indolencia de la levitación, sino como quien caminara con los brazos extendidos y dando pasos cortos e inciertos sobre una superficie granulosa y pesada. El vestido claro de Luna (que no vestía) flameaba, y hacía ondas imperceptibles e insinuantes sobre su cuerpo, que se traslucía hermoso. De pronto, separándose de la ventana, la vi acercarse a mí como una maraña de niebla blanquísima, la vi desliarse ella y envolverme a mí a un tiempo. Le rebotaban los pechos bajo los insinuados velos agitados y, en los hombros declinantes, los cabellos eran el rumor de una noche oscura con corceles negros desbocados.

Hasta que ocurrió lo que aún hoy en día (y mi mundo ahora es un mundo de sombras y soplos que silban sólo, un mundo de espejismos que ululan) me llena de pavor recordar: me tocó con sus dedos sin roce, como si una lengua fría que lamiera dejara sólo a su paso frío que languidece. (Qué extraña sensación! Me rozó sin tocarme, como si un carbón encendido me hubiera transmitido su calor desde una suficiente cercanía, y me heló la sangre. Puso, luego, dos de sus diez dedos, jóvenes y a un tiempo envejecidos en mis ojos (y puedo afirmar que no resultaba ni grotesco ni execrable) y empezó a hurgar, no groseramente o sin maña, sino con una extremada delicadeza, sin causarme daño o quemazón, pareciendo haber entrado en el análisis, no físico sino espiritual, de mi esfera ocular.

La risa, entonces, se apoderó de sus labios, una risa juvenil y luminosa, que terminaba por parecer más tarde acerada o arruinada. Sus labios sí eran feos y torpes, pues más parecían la hendidura de una herida (aunque esto parezca ilógico, tratándose de una imagen espectral tan bella), que el lugar agradable y perfecto donde tienen culminación las caricias y los besos. Quise gritar entonces. Pero ella, antes que ocurriera esto, retiró apresuradamente sus dedos observadores de mis ojos y cesó en su risa ahora descarnada y oscura.

Me sentí libre y me vino la tentación de huir. "Pero, ¿adónde?", pensé. Y ella, que, sin haber dicho yo nada, pareció intuirlo, gritó encolerizada:

"Sí, adónde, adónde, desgraciado, si todo en ti es miedo que te tiene atrapado!" Así dijo e hizo que me horrorizara aún más de lo que ya estaba.

"¡Todo en ti es miedo!", dijo. Y tembló todo mi cuerpo. Quedé aterrado y, como suele decirse, sin sangre en las venas. La razón era que no podía dejar suelto ni pensamiento ni deseo alguno en mi mente, pues ella los atrapaba al instante y hacía con ellos virguerías de despropósitos. Por ejemplo: pensé gritar y, al momento, gritaron la lámpara de sobre la mesilla, las gafas, y hasta el vasito donde madre disolvía la píldora para que yo entrara en el sueño cada noche, siendo el grito del vaso como el de un mar encorajinado.

Tras pasárseme las ganas de protestar por haberme llamado tan desagradablemente "desgraciado", centré todo el pensamiento en estudiar mi nueva e inesperada situación. Es claro que no podía escapar, pues ella adivinaría mi intención de inmediato, al tiempo que: "¿adónde ir (me decía) con mi miedo a cuestas?" Y es que el miedo se me había instalado dentro con tanta fuerza y presencia, que lo sentía como parte de mí, clavado en el alma, que es donde se dan cita estas cosas espirituales e intangibles. De modo que, si me trasladaba de un lugar a otro para dar marro al miedo, allí estaba el miedo, vigilante, creándome zozobra, como un ser mezquino que me observara con descaro e insolencia, daba igual que fuera o que volviera, por lo que decidí quedarme en cama, observando yo a mi vez las evoluciones de la pesadilla a mi alrededor. Me miraba ella con la minuciosidad del pintor que coge las distancias óptimas para analizar el efecto de la mancha de pintura en el lienzo donde, lentamente, va adquiriendo vida su inspiración o su delirio. Me miraba sin parpadeo en sus ojos, hechos en hueco o de vacíos, pero hueco y vacíos llenos de algo que tú adivinabas mirándote, algo que tú sabías llenándose de ti. Yo, por mi parte, espiaba muy concentrado por ver si ella entraba en distracción un momento y podía dársela gritando.

La tormenta seguía fuera con su copioso aparato de truenos y ráfagas, aunque yo, para entonces, ya me había desentendido de su actividad y centraba todos mis desvelos en encontrarle algún punto flaco a la perspicacia adivinadora de aquella cosa que me asediaba. Y así sucedió: hallé la ocasión cuando, desentendiéndose la figura de mí, por dedicarse a curiosear en el espejo de la cómoda (hacía sin pudor unos groseros visajes con lengua y brazos y el cuerpo todo), yo pensé gritar y lo hice, sorprendiéndome no haber sido descubierto esta vez, no sólo en el instante del grito, sino antes, cuando empecé a conformarlo en el pensamiento y a soltarlo luego como un chorro de angustia o ansiedad por la boca. Creí, entonces, encontrarme a salvo, pues coincidió el grito con la entrada de madre en la habitación. Se me nubló la mente y noté la garganta ardiendo. Creo haber lanzado entonces los brazos hacia madre, que, tras echar una mirada desde la puerta entreabierta, suspiró y marchó sin ver nada y mascullando sus palabras tristes y casi siempre agoreras.

Entretanto, ella (la cosa) seguía evolucionando por la habitación, deteniéndose en cada objeto, como si fuera un insecto goloso que todo lo quisiera gustar. Yo, por mi parte, cada vez que me daba ella la espalda, gritaba, y es que había descubierto que carecía de poderes de adivinación cuando dejaba de mirarte penetrantemente con aquellos ojos suyos tan ávidos y enigmáticos. Pero daba igual, y es que descubrí que mis gritos no salían de mí, es decir, nacían y morían en mí como si fueran una llama encerrada en un recipiente de cristal. Ni yo mismo percibía el estallido de mi grito, una vez exhalado como una centella endemoniada. O sea, gritaba desesperadamente pero para mis adentros, como si algo muy doloroso cayera en picado en mi interior. El grito (¡qué desagradable experiencia!) me rebotaba, como una pelota de tenis sin control, en la mente, para luego descender al estómago y, de éste, al lóbulo parietal, sin detenerse, pues del lóbulo parietal saltaba al nervio trigémino del ojo y, de éste, tras hacerme ver las estrellas, como si de un puñetazo en el ojo se tratara, al conducto de Falopio, golpe (o caída) este el más molesto de todos por suceder en el oído y tener la virtud (o desgracia) de poner en movimiento todos los resortes del órgano auditivo: como tímpano, martillo, yunque..., hasta escapar por el arremolinado caracol y, luego de hacer una pirueta en el aire, quedarse en nada como una nubecilla de humo, que se disuelve luego en hilachas triviales y azuladas.

Mas en éstas estaba, cuando, de pronto, la pesadilla volvió y me dijo:

"Hola" con una engañosa sonrisa.

Para entonces, yo (no quiero que nadie piense que pretendo hacer ahora un interesado aserto filosófico) era menos yo y más grito, es decir: era todo, menos yo, o un yo empapado de miedo como si mi cuerpo y mi espíritu hubieran sido invadidos por una lascivia de pusilanimidad, enfermiza y líquida.

Ante mi silencio, añadió la pesadilla:

"Soy Amanda" Casí dijo, y "Amanda" sonó entonces a melodía de jazz en una trompeta lánguida y muy dulce. Adelanté mis manos en un gesto instintivo de defensa, cuando ella se inclinó hasta rozar con su cabello mi frente y mis sudores fríos. Hacía esfuerzos por librarme de ella, pero no lo conseguía: mis manos, al intentar apartarla, hendían un espejismo vaporoso y encendido, pasando de lado a lado con mis puños a aquella nada o gas, o lo que fuera, pues no sé qué palabras emplear para describir aquella porción de viento elástico o nube volátil que me asediaba.

Dije:

"¿Qué eres?" Me expresé así por creer a aquel ser cosa y no persona; no dije quién eres, sino qué eres. Mas, en cierto modo (ahora lo sé, no antes), me estaba llamando cosa a mí mismo, sin tener conciencia de ello, definiéndome como algo y no como alguien, pues aquella pesadilla que me acosaba era mi mismo miedo, aunque se moviera fuera de mí.

Ocurrió, sin embargo, que después de su veleidoso corretear por la habitación de allá para acá, volvió la pesadilla a ocuparse de mi ojo, caprichosamente; y comenzó de nuevo a hurgar en él, diciendo:

"¡Te poseo, te poseo!" con una voz ambigua y honda y hasta blanca y fantasmal, que estrellaba en mi rostro. De su interior no fluía nada cálido, sino una gélida exhalación más cercana al frío del mármol que al de cualquier otro cuerpo yerto. No diré que sentí asco, pues es demasiado fuerte, tratándose de mi mismo miedo, pero sí nació en mí una náusea, no seguramente amarilla, que se esforzaba por subir del estómago a la garganta, amargando al tiempo todo el conducto. Mas esta vez sí debí darle fuerte: solté el puño y salió disparada la cosa, incrustándose en el ojo de la cerradura. Dije entonces con una estúpida y casi llorosa ironía: "¿No querías ojo?" Airadamente lo dije, sin que por otro lado pretendiera yo convertir en algo trivial éste mi primer éxito contra la cosa. Pero al cabo de algún tiempo, empezó a darme vueltas en la cabeza una terrible duda: )Fue la pesadilla, que pataleaba ahora pidiendo auxilio desde aquella traicionera cerradura o cárcel, la que salió disparada al recibir el impacto de mi puño o acaso fui yo mismo el que se precipitó y propició aquella ridícula situación de pataleo? Desorientado, debido a que no sabía a ciencia cierta si era yo el que se debatía en la cerradura o era por el contrario la pesadilla la que allí bufaba, mi confusión iba en aumento. Es decir, ¿estaba yo en mí y fuera de mí a un tiempo? ¿La pesadilla que yo era estaba dándole miedo al pobre ser que también yo era y que se agitaba a un tiempo en la cama y en la cerradura, queriendo deshacerse de fantasmas y miedos, allí en mi mente atrapados?

¡Ah, qué terrible turbación proporcionada por la duda! Ciertamente (o así lo parecía), yo estaba en el ojo de la cerradura (y pasándolo muy mal, por cierto, ya que no había modo de salir de aquel agujero incómodo y humillante), al tiempo que luchaba en la cama por librarme definitivamente de aquella aparición que tanto me dolía en la mente y fuera de ella. ¿Y cómo hacerlo? Pensé: "Me lanzaré contra los cristales de la ventana y caeré al vacío". ¿Y las rocas del acantilado? "No importa", me dije, y es que aún confiaba en mi suerte (mi suerte en la caída, se entiende), no obstante mi situación tan calamitosa y preocupante.

Repetía: "Contra los cristales, contra los cristales". Ahora me zumbaba esta obsesión en la cabeza, como si infinitas melodías desafinadas se dieran cita en esa cavidad siempre revuelta que era mi mente; melodías que, de pronto, se rompían y, como si fueran un estallido de vidrios rotos, caían, con estrépito, en ese lugar recóndito de detrás de los ojos, que siempre era un agudo dolor, que ni entre las manos de madre (ella me cogía la cabeza entre sus manos, meciéndola) se me calmaban. Mas esa obsesión, es decir, ese clamor dentro de mí, que repetía: "contra los cristales..." y "no importa", cesó de pronto, y oí (soportando ahora otros miedos mucho más brumosos e indefinidos que los anteriores) que madre gemía y repetía sin cesar:

"¡Ay, Dios, ay, Dios, mi niño, mi niño...!

Así, con voz muy ronca y desesperada, y muy queda, al tiempo.

Junto a la de madre, había otras voces que yo, a pesar de los silbos agudos y la pedrería brillante, como estrellas fugaces, que se agolpaban ahora en mi cabeza, seguía reconociendo. Voces como la del señor Buitrago, el alguacil, que echaba las palabras por un resquicio entre el cigarro puro y el labio, siempre envueltas en humo; y las de Bruno, el cartero, que nunca miraba al hablar y escondía la cabeza doblándola, por timidez; no sé, y otras: voces todas que pretendían ser convincentes: "Señora, por favor, no se acerque", así reconvenían estas voces a madre, y luego, en un tono más ambiguo y de conmiseración, añadían: "¡La pobre!", bajando la cabeza y escondiendo la mirada.

Y es que madre se comportaba como si hubiera enloquecido, sin grandes aspavientos, pero sollozando con un histerismo de muy continuados hipos y saltos de los hombros. Yo, por mi parte, me iba sintiendo descender a un infierno, en el que la oscuridad, que se veía con frecuencia traspasada por destellos cegadores e intermitentes, rojos y violetas, no sólo era un elemento que impidiera la visión, sino también algo que ganaba en espesura y se hacía cada vez más frío y me arrebataba el aliento. En esta especie de materia porosa y fluida (téngase en cuenta que estoy hablando de una sensación y no de una realidad física), yo seguía oyendo, aunque haciéndose cada vez más lejanas las voces, como si hubiera cortinas de agua silenciosa entre las voces y yo. "Camilla...", oía; y: "¡Qué vuelo, Dios!"; y otros muchos comentarios de esta guisa; aparte de que el fragor del mar parecía hallarse dentro de mi cabeza, como si batiera cada vez más débiles e inciertos acantilados. En el tema de los colores, he de decir que el negro iba ganando poco a poco espacio al lila y al gris añil, colores que al principio prevalecían sobre los demás. También, cuando me encontraba en este estupor por no poder ver ni apenas sentir, me oía suspirar a mí mismo y decir cosas como: "¡Madre, no me dejes..., no me dejes!", sin que nadie acudiera en ayuda de mi soledad.

Todo, además, se iba cerrando a mi alrededor, y no había ya apenas luces y nieblas, y sí más espacios de silencio, más tiempos en los que nada sucedía ni me cercaba, dejándome en un vacío donde una paz confortable y lánguida iba adueñándose de mis sentidos y regiones interiores. Por otro lado, no sabía si poseía movimiento o lo que a mí me lo parecía no era más que la reminiscencia de haberlo tenido.

En estas disquisiciones me hallaba, cuando dejé de oír y me puse a sonar, es decir, me convertí en objeto o ser audible. Entonces pensé: "¿Soy alma o el aliento ligero y suave de la mañana?" Me recorrió entonces un estremecimiento plácido. "¡Ah...!", exclamé, y me sentí alegre.

El alba había empezado a despuntar, primero en la montaña; luego, perezosamente, había ido descendiendo, con sus pies rosados, por laderas y bosques, hasta dar en el mar, donde se hizo cabrilleo y juegos, persiguiéndose, de luz. Con el alba, despertaron también los pájaros y reptiles, y los insectos y toda clase de seres vivientes. Reí feliz entonces. Yo, que me notaba sonido, caí en la cuenta que lo era sólo cuando me ponía en movimiento. Por esta razón, me desperecé y, arremolinándome (¡qué gran esfuerzo me supuso!), empecé a fluir, y volvía a ser yo, yo de nuevo, y, siendo como era yo, me enredé en las ramas de los árboles, y las oí vibrar, y me dije: "¡Me aman!", y seguí, y me hacía ondulación en la yerba y flamear en las velas de los barcos, y música en el cálamo del pastor, hasta que ascendí a la cima de la montaña, donde más espléndida y lujosa era el alba, y la besé, y mi ser se hizo luz con el alba, un instante de luz y aleteo, y me dejé caer de nuevo montaña abajo, y era brisa entonces, y me creía espíritu, y era yo espíritu de todo.

 

 

Del libro: El bosque apócrifo.