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Mi Diario

OJOS ABIERTOS

30 de marzo de 2017. Jueves.
OJOS ABIERTOS

Una lágrima, en el jardín. Torre de la Horadada. F: FotVi

-75 años, y apenas unas pocas plumas lo celebran. Celebrar una efeméride, es ponderar la Historia viviéndola al revés. Y si esa Historia es admirable, hace que estos pasos hacia atrás sean sublimes y luminosos, aunque sin salirse del destello de la humildad. Volver y rescatar la luz que te has ido dejando al paso, es labor de sabios, y de minuciosos y eficientes arqueólogos del pasado. Ser arqueólogo del pasado, con la ilusión del que hace volver la vida a sus manos, no todos lo pueden lograr. Se abre la tierra, un libro, se halla un vaso de terracota, y, si allí hay Historia, sale a la luz y deslumbra, y más si se trata de un hombre que en trozos de papel humilde escribió bella y comprometida poesía en lengua castellana. Sin belleza no hay poesía y sin compromiso, la poesía es flor de un día. «Sangre que no se desborda, / juventud que no se atreve, / ni es sangre, ni es juventud, / ni relucen, ni florecen», dijo el poeta, encendido por el clamor de lo que no muere, de lo que queda detrás de los ojos, en la tierra sensible de la Historia, donde él duerme ahora. Y donde se puede encontrar en sus palabras como rayos, en sus versos como nanas y cuchillos, la dulzura del piropo y la delgadez de la ternura. «En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla /se amamantaba». Él estaba en la cárcel, y el niño, su hijo, «en la cuna del hambre», o el seno bondadoso y benigno de su madre, donde se amamantaba con «sangre de cebolla»: la menguada y escasa comida de los pobres, entonces. Murió a los 31 años, con los ojos aún de niño abiertos, mirando todo con el sombro del que ve las cosas por primera vez; y, tras la muerte, no quiso cerrarlos, y murió, como él había pedido: «con la cabeza muy alta» y los ojos abiertos, para seguir haciendo versos iluminados en la otra vida. Así vivió y murió Miguel Hernández, Diario, llevándose en los ojos el drama de su pueblo, aterido de hambre y frío, y de una soledad pavorosa (12:02:13).

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