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Mi Diario

EN EL DESIERTO

26 de junio de 2017. Lunes.
EN EL DESIERTO

Se arrastra el desierto, en Arenales de San Pedro del Pinatar. F: FotVi

-Menos mal que toda luz produce sombra; hasta la del sol en un desierto. En un desierto pedregoso y liso, la sombra se cobija o bajo una piedra o al otro lado de una duna con sus hermosas líneas de fragilidad. Bajo una piedra están: el lagarto, el alacrán, y aun la culebra que acecha. En el desierto, todo se desliza, también el viento, y todo aquello que se arrastre por la arena con sed. En el desierto, el sol se hace terrible mirada que arde, y, como lumbre, se precipita sobre todo el que lo habita. El desierto: o ese lugar inhóspito, donde solo sobreviven aquellos preciosos seres que saben reptar y cobijarse bajo lo mínimo: bajo una piedra, bajo un pequeño matojo, al resguardo de la sombra que los protege. Pero hay otro desierto: el que sigue a un incendio. Ahí, hasta las sombras se queman. En estos días, aquí cerca, arden bosques: en Portugal; al otro lado de Doñana, en Moguer; y así sucede que apenas quedan sombras para que se proteja la vida. El papa Francisco, en su Laudato si (Alabado seas), al hablar de la tierra, la llama la «casa común». A la que no respetamos, dice. Y me estremezco, y me quedo sin palabras. O con la única palabra que se me ocurre, Diario, tras un incendio: muerte (19:09:12).

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